Mundo ficciónIniciar sesiónLa desesperación los unió una noche. El destino los volverá a enfrentar. Scarlett Valenti huye de un futuro que la aterra: ser vendida por su padre. Sin dinero, sin familia y con una carrera de medicina truncada, acepta un trabajo temporal como mucama en la clínica más exclusiva de la ciudad. Su última tarea: limpiar el penthouse del Dr. Andruw Di´Marco, el cirujano más brillante y arrogante del país. Lo que Scarlett no sabe es que esa noche él ha sido drogado, y que su encuentro se convertirá en un torbellino de deseo prohibido. Ella huye al amanecer, convencida de que nunca volverán a verse. Pero quince meses después, Andruw la encuentra. No por casualidad, sino porque nunca dejó de buscarla. La noche que compartieron dejó una huella imborrable en él… y también en Scarlett, que ahora es madre de un niño de ojos grises. Andruw no solo quiere respuestas. Quiere poseerla. Y cuando descubra que ella le ocultó la existencia de su hijo, no habrá poder en el mundo que lo detenga. Scarlett deberá decidir si enfrentarse al hombre que puede arruinarla… o entregarse al único que alguna vez la hizo sentir viva. Una noche con el cirujano más arrogante de la ciudad. Un embarazo que ella decidió ocultar. Una obsesión de quince meses que lo llevará a encontrarla. Ahora él sabe la verdad. Ahora él la tiene exactamente donde quiere: en sus manos. Y no piensa soltarla nunca. Una historia de obsesión, segundas oportunidades y un amor que nació en la oscuridad.
Leer másLa desesperación te puede llevar a cometer locuras.
— Por favor. Se lo ruego. Puedo trabajar de lo que sea, solo deme una oportunidad, por favor ¿sí? — supliqué, siguiendo los pasos de la mujer de unos 40 años que me miraba de manera despectiva. Estaba desesperada, necesitaba encontrar trabajo de inmediato o mi padre me obligaría a volver al campo y me vendería al mejor postor.
Ya podía verme casada con un anciano de 70 años sin dientes, mientras este entregaba un par de gallinas y una vaca a mi madrastra. Sacudí la cabeza, intentando librarme de esa idea. ¡No podía permitir que me cambiaran por gallinas!
Escuché el suspiro pesado de la mujer, quien se froto el entrecejo mientras se quitaba los anteojos. La mire con mi mejor expresión lastimera.
— Bien — tomo la carpeta que le había entregado cuando llegue, comenzando a chequear mi hoja de vida — no tenemos plazas para residentes, ni asistentes médicos y mucho menos enfermeras.
Sentí que todas mis posibilidades acaban de esfumarse. La mujer cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria, antes de señalarme con esta.
— Pero, en los pisos superiores, están las oficinas. Si puedes limpiar los 5 pisos de aquí a las 7 de la noche. El trabajo es tuyo. ¿Aceptas?
— ¡Acepto! — grite, sin medir mi tono de voz. La mujer me dedicó una mala mirada, me lleve las manos de inmediato a la boca, murmurando una disculpa.
— Sígueme — la mujer, que más tarde supe se llamaba Alicia. Me entrego la carpeta antes de guiarme hacia un armario de limpieza, de donde saco un uniforme que puso entre mis manos — el último piso pertenece al dueño de la clínica. Es un departamento donde descansa cuando tiene casos especiales que requieren de su máxima vigilancia. Ese lugar debe quedar impecable. ¡Y ni siquiera te atrevas a robar nada! Si lo haces el jefe lo sabrá y te arruinará la vida.
Colocó envases de productos de limpieza entre mis manos, sobre el uniforme que me había entregado. Luego se inclinó hacia mí, pretendiendo intimidarme.
— Dos horas, niña. Sino completas todo el trabajo en ese tiempo, no vuelvas a pisar ente lugar por el resto de tu vida. ¿Queda claro?
— Como el agua — respondí.
Alicia se señaló los ojos y luego me señalo a mí, en una clásica señal de “te vigilo”. Una vez que se marchó me apresure a colocarme el uniforme de mucama, el cual me quedaba al menos una talla grande.
Comencé por lo más fácil: la limpieza de las oficinas. Intentando hacer todo lo más rápido posible, aunque terminar 5 pisos en 2 horas era casi imposible, yo lo haría posible. Comencé barriendo los suelos y trapeando.
Faltando 30 minutos para las 7 pm, aborde el ascensor hacia el piso privado de la clínica. Alicia me había proporcionado el código de ingreso, el cual supuse cambiaban cada vez que cambiaban de mucama.
Las puertas del lugar se abrieron con un suave clip metálico y he de decir que lo que vi me robo el aliento.
¡Este lugar era enorme!
Me adentre acariciando los muebles de la entrada, hipnotizada por el lujo que me rodeaba. ¿Así que este era el tipo de éxito que te dejaba ser un médico famoso? Sentí una punzada de dolor golpear mi pecho, si tan solo hubiese logrado terminar la carrera, quizás mi futuro fuera tan brillante como este.
No pude evitar tomarme un segundo para deleitarme con la hermosa vista que regalaba la panorámica del fondo. El cielo ya había comenzado a oscurecerse y las estrellas ya adornaban el firmamento.
De pronto escuche el mismo clip metálico que había soltado la puerta al abrirse cuando llegue. Seguido de una voz masculina de alguien que parecía estar muy, muuuy enojado.
— ¡Lárgate de aquí! — el grito me hizo estremecer, por un momento pensé que iba dirigido a mí. Tarde un par de segundos en darme cuenta de que, en la puerta, de espalda a mí, se encontraba un hombre, alto y de apariencia imponente.
Frente a él, una despampanante pelirroja intentaba echarle los brazos encima.
— Me necesitas, lo sabes. ¿Quién mejor que yo para ayudarte con tu problemita? — pregunto la mujer, usando un tono meloso que me revolvió el estómago.
— ¡Ni toda la droga del mundo sería suficiente para lograr que volviera a ponerte las manos encima! ¡Lárgate de aquí, Melissa!
El hombre saco a la mujer a empujones, cerró la puerta con un sonoro golpe antes de recostarse de la madera.
Observe como se frotaba los ojos y se aflojaba la corbata. Ahora que lo miraba con más atención, aun bajo la voz tenue del lugar; note que estaba sudando y sus mejillas estaban enrojecidas.
Temblé cuando levanto la mirada y sus ojos, de un gris, turbio se encontraron con los míos. Mi corazón se saltó un latido antes de comenzar a latir desenfrenado. No supe que hacer, miré en varias direcciones buscando alguna salida. Algún escondite. No me quedo más remedio que permanecer ahí, de pie, sosteniendo mi plumero como si mi vida dependiera de ello.
— ¿Quién eres tú? — su voz fue ronca, profunda.
— Soy la mucama. Alicia me envió a limpiar el lugar — me sentí estúpida dando esta respuesta.
El hombre me miro por lo que pareció una eternidad. Luego avanzó hacia mí, sus pasos felinos, amenazantes. No fui capaz de apartar la mirada de él, ni siquiera cuando empecé a retroceder, sintiéndome amenazada.
Un jadeo escapo de mis labios cuando mi espalda chocó contra el cristal y el cuerpo del hombre se cernió sobre mí, acorralándome. Trague grueso cuando él apoyo uno de sus brazos en el cristal. Inclino su rostro hacia el mio, la cercanía era tal que nuestro aliento se mezclaba mientras sentía el roce fantasmal de sus labios sobre mi boca.
— ¿Cómo te llamas? — demando. Su voz un tono autoritario que no dejaba espacio para replicar.
— Scarlett — respondí en un susurro apenas audible.
— Scarlett — pronunció él, como si intentara saborear mi nombre, incluso note como su ceño se fruncía ligeramente antes de decir — soy Andruw. Andruw Di´Marco.
«Andruw Di´Marco» su nombre resonó en mi cabeza, reconociéndolo de inmediato. No fui capaz de pronunciar palabra alguna.
— Scarlett… necesito que me ayudes — declaró, moviendo ligeramente sus labios sobre los míos, un roce apenas perceptible, pero provocativo.
— ¿Mi ayuda? — pregunté. Intentando volver una con el cristal, esforzándome por poner distancia entre Andruw y yo.
— Si… tu ayuda — poso su pulgar sobre mi labio inferior, dejando una caricia que me dejo el aliento. Luego, lentamente, su mano se deslizó por mi cuello, marcando un camino sobre mi escote, desabrochando los primeros botones de mi uniforme, hasta perderse en mi cintura — con esto.
Sentí como sus dedos se cerraron sobre mi muñeca, guiando mi mano hasta la dureza entre sus piernas; tocándolo por sobre la tela. Mis majillas ardieron al entender lo que me pedía.
— ¿Puedes ayudarme? — su tonó se volvió un poco más bajo, más íntimo. Iba a negarme, a empujarlo, pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos vi en ellos no solo el deseo que despertaba esa nube química que inundaba sus sentidos. Sino la vulnerabilidad de un hombre atrapado en algo que no puede controlar.
Asentí, apenas un movimiento sutil de cabeza que fue más que suficiente para despertar a la bestia que Andruw contenía. Sus labios asaltaron los míos, en un beso hambriento, necesitado. Sus manos se posaron en mi cintura, deslizándose hasta mis muslos, levantándome, obligándome a envolver las piernas en su cintura.
Lo que siguió fue una danza intensa de placer y deseo prohibido. La ropa termino en el suelo en un abrir y cerrar de ojos, sus caricias quemaban mi piel desnuda.
No hubo delicadeza y mucho menos amor. Solo el deseo primitivo que rugía en sus venas. Me tomo como nunca imagine que un hombre podría hacerlo. Y cuando los primeros rayos del amanecer se filtraron por los grandes ventanales nos encontró agotados. Él recostado boca abajo sobre la cama, profundamente dormido. Yo observando a este hombre que parecía sacado de un cuento de hadas.
Lo observe por unos segundos, cautivada por su perfección. Extendí una de mis manos para apartar un mechón de cabello de sobre su frente. Una sonrisa boba nació en mis labios, seguida de una punza de dolor que se extendió en mi pecho.
Sabía que esto estaba mal, que no podría volver a ocurrir. Andruw Di´Marco era un hombre prohibido para mí. Me incline depositando un suave beso en su mejilla, él ni siquiera lo noto.
— Hasta nunca, Andruw — me despedí antes de ponerme de pie y recoger mis cosas para salir de este lugar. Teniendo la certeza de que nuestros caminos nunca más se volverían a encontrar.
Lástima que el destino tenía otros planes.
Andruw Di'Marco. Mi declaración flotó en el aire con un peso casi asfixiante, suspendida en la penumbra de la sala de estar como una guillotina que acababa de caer. El silencio que siguió a mis palabras no fue el habitual mutismo de una discusión corporativa; fue un vacío denso, cargado del eco de una ruptura definitiva. Ambos éramos plenamente conscientes de que habíamos cruzado un punto de no retorno. La línea invisible que separaba el respeto filial de mi autoridad absoluta como señor de esta casa se había quebrado en mil pedazos, y no había forma humana de volver a unir las piezas. Cualquier atisbo de malestar, cualquier amago de remordimiento de conciencia que pudiese haber surgido por desterrar a la mujer que me cuidó en mis peores años, quedó sepultado de inmediato. Se hundió bajo el peso de la necesidad ardiente, casi animal, que sentía de proteger a mi esposa de todo mal. Scarlett no iba a ser la víctima de los fantasmas de mi pasado, ni tampoco de los prejuicios arraigados
Andruw Di'Marco. Fruncí el ceño ante la pregunta de mi nana. Mi sistema, entrenado durante años para detectar la más mínima anomalía en mi entorno antes de que se convirtiera en una crisis abierta, reaccionó de inmediato. Un mal presentimiento, denso y helado, se me instaló en la boca del estómago en cuanto escuché el tono trémulo y solemne de su petición. Nana Muffin no era una empleada que se dejara llevar por el pánico o por los chismes del servicio; era una mujer que había visto pasar las peores tormentas de la dinastía Di'Marco sin perder los estribos. Que estuviera parada frente a mi puerta a estas horas, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos lucían blanquecinos, era la mayor señal de alerta que podía recibir dentro de mi propia casa. — ¿Es importante? — pregunté, manteniendo mi voz en un registro bajo, plano, cuidando de que la vibración no cruzara el umbral hacia donde Scarlett se encontraba cambiando a Liam. La nana me sostuvo la mirada, y en sus oj
Andruw Di'Marco.El beso que compartimos, a pesar del deseo desbordante, fue un bálsamo para mi alma. Uno que me hizo encontrar la tranquilidad que tanto ansiaba obtener. Con la respiración todavía entrecortada, apoyé mi frente sobre la de Scarlett, tomándome un segundo para regular mi pulso. Sentir el vaivén de su pecho contra el mío y la calidez de su piel bajo mis manos fue lo único capaz de acallar por completo las voces de mi cabeza, esas que seguían exigiendo represalias inmediatas contra Melissa y su séquito de idiotas. En este espacio, rodeado por las paredes de madera de mi despacho, el caos del mundo exterior dejaba de tener relevancia. Ella era mi centro de gravedad, el recordatorio exacto de por qué luchaba y por qué debía mantener la cabeza fría a partir de ahora.Me separé un par de centímetros con lentitud, saboreando el último rastro de su aliento, y le dediqué una mirada cargada de una promesa silenciosa de protección.— Vamos... Liam nos espera — dije, mi voz salien
Scarlett Valenti.Mi corazón comenzó a latir desenfrenado apenas escuché las palabras brotar de los labios de Andruw. Palabras impregnadas de una posesividad tan cruda como protectora, que se clavaron directo en mi pecho, encendiendo una calidez desconocida que me gritaba cada vez con más fuerza lo mucho que amaba a este hombre, aunque ni de broma me atrevería a decirlo en voz alta, no todavía. Era un sentimiento tan inmenso que me asustaba por su intensidad, pero que al mismo tiempo se había convertido en el único faro de luz en medio de toda la oscuridad que nos rodeaba. A veces me aterraba la velocidad con la que él se había transformado en mi universo entero, en el eje sobre el cual giraban mis días y mis noches. Sentir su presencia tan cerca, notar la fragancia de su piel mezclada con el aroma a madera de su despacho, me daba una seguridad que jamás pensé experimentar.La mano de Andruw se deslizó con una lentitud tortuosa de mi barbilla hasta posarse de lleno en mi mejilla, de
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