En la opulenta soledad de la mansión Santoro, el sonido de una copa de cristal estrellándose contra la pared hizo eco en el inmenso salón principal.
Alessandra respiraba con dificultad, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, mientras miraba la enorme pantalla del televisor. Llevaba toda la mañana pegada a las noticias, esperando que en algún momento su nombre surgiera, que la prensa reconociera quién era la verdadera dueña del territorio que esa empleada había invadido.
Pero nada. Los not