Las inmensas puertas de roble del despacho principal de la mansión Fitzwilliam se abrieron de golpe, golpeando contra las paredes con un estruendo que hizo vibrar los pesados cuadros al óleo. Massimiliano entró con pasos largos y depredadores. No venía como el hijo pródigo a pedir disculpas; venía como el presidente Fitzwilliam.
Detrás del imponente escritorio de caoba se encontraba su padre, el patriarca de la familia, con el rostro enrojecido por la ira. De pie junto a la chimenea, sostenien