El silencio en el inmenso penthouse de Massimiliano era denso, casi asfixiante. Alisson había salido de la habitación de invitados hace apenas unos minutos. El encierro y sus propios pensamientos oscuros la estaban volviendo loca. Con los ojos aún enrojecidos por el llanto, caminó descalza por el frío suelo de mármol hacia la cocina abierta para servirse un vaso de agua. Necesitaba calmarse; el médico había sido claro sobre los picos de estrés, y sus gemelos no tenían la culpa del infierno que