Los labios de Massimiliano estaban a un aliento de rozar los de Alisson, un chasquido agudo. La energía eléctrica regresó de golpe. Las lámparas de cristal de la suite se encendieron con un destello cegador, iluminando cada rincón de la cama y destruyendo la burbuja de sombras que los había mantenido a salvo.
Ambos parpadearon, encandilados por la luz repentina. Fue como si a Massimiliano le hubieran arrojado un balde de agua helada en la cara. El hechizo se rompió. Al ver la habitación ilumina