Mundo ficciónIniciar sesiónEl penthouse de Christian olía a lluvia y a él.
Martina estaba de pie en la sala de estar, mirando la ciudad desde las ventanas. La noche pulsaba debajo de ellos como un corazón vivo. Llevaba la llave en su bolsillo desde hacía tres días —tres días de tentación, de encuentros clandestinos en rincones oscuros, de mensajes que la hacían arder.
Finalmente, había venido.
—Pensé que no llegarías —dijo Christian desde atrás. Su voz era terciopelo y peligro mezclados.
Martina no se giró.
—Casi no vengo.
Él se rió en un sonido bajo que resonó en el pecho de ella.
—Mentira. Hace dos horas que envié a mi conductor por ti. —la giró hasta tenerla de frente—. Llevas ese vestido sabiendo exactamente qué me haría.
Era cierto. El vestido negro era un pecado de seda. Ella lo sabía. Y lo había elegido por eso.
—Tenemos que hablar —dijo Martina, pero sus manos ya estaban en su camisa, desabrochándola lentamente—. Esto está fuera de control.
—Lo sé. Me encanta. —Christian tomó su rostro entre sus manos—. Me encanta que estés aquí, en mi espacio, sin poder decidirte entre besarme o golpearme.
—Podría hacer ambas cosas.
—Espero que lo hagas.
Se besaron como si no hubieran tenido tiempo de hacerlo hace apenas seis horas en el estacionamiento de su empresa. Como si cada segundo separados hubiera sido una eternidad. Sus manos se movían con urgencia, sus cuerpos recordaban exactamente dónde necesitaban estar.
Martina lo presionó contra el sofá, cayendo sobre su regazo. Christian gruñó contra su boca y sus dedos se clavaron en sus muslos.
—Espera —dijo de repente, respirando con dificultad.
Ella se alejó solo unos centímetros.
—¿Qué pasa?
—Tengo que decirte algo. —sus ojos grises la miraban con una intensidad que hizo que su corazón se acelerara por razones que no eran sexuales—. Algo que debería haberte dicho hace días. Dudaba si hacerlo era lo correcto, pero siento que no puedo ocultarlo más.
Martina se quedó inmóvil. Algo en su tono había cambiado. La pasión se había transformado en algo más serio. Más oscuro.
Se bajó de él, alisándose el vestido.
—Adelante.
Christian se levantó, caminando hacia el bar. Se sirvió whisky con movimientos deliberados. Ella vio la tensión en sus hombros, la forma en que su mandíbula se apretaba.
—Hace quince años, mi padre fue encarcelado por fraude. Destruyó vidas. Destruyó familias. —Tomó un sorbo—. Una de esas familias era la tuya.
Martina sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Tu padre perdió todo. Su empresa. Su reputación. Se suicidó cuando eras pequeña porque no podía vivir con la vergüenza. —Christian se giró, sus ojos buscaban los de ella—. Y yo... yo soy el hijo de la persona que hizo eso.
Las palabras resonaron en el aire como una bomba. Martina no podía respirar. No podía pensar. Solo podía recordar fragmentos: a su padre cada vez más ausente, las conversaciones susurradas entre sus padres a la medianoche, el día que simplemente... desapareció.
—¿Lo sabías? —preguntó, su voz era apenas un susurro—. ¿Sabías quién era yo desde el principio?
—No. Lo juro. No hasta hace dos días. Entonces vi una foto antigua en mi teléfono mientras investigaba tu compañía y vi tu apellido conectado con el de tu padre, y todo encajó.
Martina se alejó, su cuerpo temblaba.
—¿Y aún así viniste a mi oficina? ¿Aún así me besaste? ¿Aún así... — Se detuvo, incapaz de terminar.
—Porque ya no me importa lo que hizo mi padre. —Christian caminó hacia ella, pero ella levantó una mano—. Porque lo único que me importa eres tú.
—Eso es fácil de decir cuando no eres la víctima.
—¿No? —su risa fue amarga—. ¿Crees que no fui víctima? Crecí odiando a mi padre. Crecí trabajando para reparar el daño que causó. Pasé los últimos quince años intentando ser alguien diferente, mejor que él. Y luego tú entraste en ese maldito bar en la boda de tu hermana, y de repente todo lo que creía saber sobre mí mismo se desmoralizó.
Martina camina hacia la ventana, mantenía los brazos cruzados alrededor de su cuerpo como si intentara mantenerse junta.
— ¿Quién más lo sabe?
—Solo mi madre.
—¿Tu madre? —La sorpresa fue como un golpe.
—Ella vio las fotos de la boda. Vio la forma en que te miraba y supo que había algo. Las madres lo saben, supongo. Se lo conté hace dos días cuando comprendí la conexión.
Martina soltó una risa que sonaba como un grito estrangulado.
—Esto es una broma. Una broma cruel y retorcida.
—No es una broma. Es la verdad más horrible que he dicho en mi vida, y la diría mil veces más si eso significa que te quedes.
—¿Qué quieres que haga, Christian? ¿Que simplemente olvide que tu padre destruyó a mi familia? ¿Que ignore que mi madre pasó años limpiando casas para que pudiéramos comer? ¿Que no sea importante que mi hermana creciera sin padre?
—Yo no puedo cambiar lo que pasó. —su voz se quebraba—. Pero puedo pasar el resto de mi vida intentando compensarlo. Contigo.
El silencio cayó entre ellos como una losa. Su teléfono vibró. Martina lo ignoró, pero vibró de nuevo. Y de nuevo.
—¿No vas a contestar? —preguntó Christian.
Ella abrió el teléfono con dedos temblorosos. Era Lucía. Docenas de mensajes.
"Martina, ¿dónde estás?", "He visto algo que necesitas saber", "¡LLAMAME AHORA!". "Ethan está en tu apartamento. Dice que vio fotos de ti y Christian en redes sociales. Dice que sabe algo."
Martina sintió que la sangre se drenaba de su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó Christian.
—Ethan. Sabe algo. —levantó la vista hacia él—. ¿Qué podría saber?
La expresión de Christian cambió. Se puso pálida.
—¿Ethan?
—Ethan Rivera. Mi ex. La persona que traté de poner celosa en la boda de mi hermana.
—Sé quién es Ethan.
Había algo en su tono. Algo que heló la sangre de Martina.
—¿Christian? ¿Qué está pasando?
Él se giró lentamente, y ella vio miedo en sus ojos. Verdadero miedo.
—Ethan Rivera no es solo tu ex, Martina. —su voz era baja, controlada, como si acabara de entrar en modo ejecutivo—. Es mi socio. O lo era. Hace años trabajamos juntos, antes de que todo se volviera complicado.
—¿Complicado cómo?
—Él sabe quién soy. Sabe exactamente quién es tu padre. Y si está en tu apartamento ahora, buscándote... —Christian tomó su teléfono—. Entonces ha dejado de esconder sus cartas.
—¿De qué estás hablando?
Christian la miró, y en sus ojos grises vio algo que nunca había visto antes: culpa. Verdadera, profunda, devastadora culpa.
—Martina, hay algo más que necesitas saber sobre tu padre. Algo que ninguno de nosotros quería que supieras.
Su teléfono sonó. Era Lucía.
—Cariño, donde sea que estés, vuelve ahora. Ethan tiene documentos. Documentos sobre tu padre. Dice que Christian sabe exactamente lo que dicen, y que tú mereces la verdad.
Martina colgó. Miró a Christian.
—¿Dónde están esos documentos?
—En mi oficina. En mi caja fuerte. —Se corrió el cabello con frustración—. Martina, esto es complicado.
—Complicado. —Ella tomó su bolso—. Deja de decir eso. Dime la verdad.
—Tu padre no se suicidó como crees. —Las palabras salieron como veneno—. Lo asesinaron. Y creo que Ethan tiene algo que ver con eso.
Martina sintió que el mundo se desmoronaba. De nuevo. Por tercera vez esa noche.
—Llévame a tu oficina. Ahora.
—Martina...
—Ahora, Christian.
Su voz era fría como el acero. Y mientras lo miraba — este hombre que había conquistado su cuerpo y su alma, este hombre que era hijo de la persona que supuestamente había destruido su familia — supo una cosa con absoluta certeza:
Nada volvería a ser igual.







