Mundo ficciónIniciar sesiónEl perfume de Christian aún permanecía en el aire de la oficina cuando Martina se alisaba la blusa con manos temblorosas. Su cabello estaba revuelto. Su maquillaje, corrido. Sus labios, inflamados de tanto besar.
—Esto fue una mala idea —susurró, aunque ambos sabían que era una mentira.
Christian estaba recostado contra el escritorio, rebajándose el cuello de la camisa, dejando ver las marcas de uñas que ella acababa de dejarle. Sonreía como un depredador satisfecho.
—Una mala idea extraordinaria —respondió con sus ojos grises aún ardiendo—. Pero está claro que no podemos seguir haciéndolo en tu oficina. Próxima vez, mi penthouse. Mi cama. Todo el tiempo que queramos.
—No va a haber próxima vez.
—Mentira. —Se incorporó, acercándose a ella con lentitud deliberada—. Dime que ya no estás imaginándote dónde más podemos hacer esto.
Martina se cruzó de brazos, intentando parecer indiferente. Era inútil. Christian ya la conocía demasiado bien, y habían pasado apenas cuatro días desde aquella noche en la boda.
—Esto es peligroso. Mi equipo casi nos ve.
—¿Eso es un problema para ti? —preguntó, tomándola de la barbilla—. ¿O el problema es que te importa lo que piensen?
Ella apartó su mano.
—El problema es que no te conozco. El problema es que apareciste en mi vida hace cuatro días y ya estoy... —Se detuvo, rechazando pronunciar las palabras.
—¿Haciéndome el amor contra tu escritorio? —completó él con una sonrisa burlona—. Sí. Ya lo sé. También lo sé que lo hiciste tres veces si contamos el balcón del hotel.
—Eso no es gracioso.
—No, no lo es. Lo que es gracioso es que intentes convencerme de que esto terminó cuando ambos sabemos que apenas estamos comenzando.
Su teléfono sonó. Martina lo miró; era Lucía. De repente, la realidad chocó contra ella como una ola de agua fría.
—Tengo que irme a casa. Tengo cosas que hacer.
—¿Como evitarme? —Christian tomó su abrigo del perchero, ayudándola a ponérselo con gestos sorprendentemente gentiles para alguien tan peligroso—. Cena conmigo esta noche.
—No.
—No era una pregunta.
Martina se giró para enfrentarlo, sus ojos chisporroteaban de indignación.
—¿Sabes cuál es tu problema, Christian? Que crees que todo se resuelve con dinero y arrogancia. Pues tengo noticias para ti: yo no soy una de esas mujeres que puedes comprar.
Él sonrió lentamente, como si acabara de decir algo divertido.
—Cariño, si fueras una mujer que pudiera comprarse, no estaría aquí. —Se inclinó, sus labios rozaron su cuello—. Estarías en un museo, intacta, bajo vidrio.
Su toque la hizo estremecer involuntariamente.
—Cena conmigo —repitió—. O iré a tu casa. Personalmente. Con champán. Y no pararé hasta que accedas.
Martina supo que lo decía en serio.
Pasó las siguientes dos horas en su apartamento, rotando entre el pánico y la anticipación. Lucía estaba sentada en su sofá, analizando cada palabra con la precisión de una abogada.
—Entonces, déjame ver si entiendo. Él irrumpió en tu oficina, te llevó contra tu escritorio, y luego te invitó a cenar como si acabara de ofrecerte un café.
—Sí.
—¿Y tú dijiste que no?
—Dije que no.
—Pero estás aquí, cambiándote de ropa tres veces. —Lucía señaló el caos de su habitación—. Eso significa que dirás que sí.
Martina se desplomó en la cama.
—Está sucediendo demasiado rápido. Hace una semana ni siquiera lo conocía.
—Hace una semana tampoco habías sentido lo que es que alguien te desee como él te desea a ti. —Lucía se sentó a su lado—. Cariño, vi los videos de la boda. La forma en que te miraba era como si fueras la única razón por la que respiraba.
—Eso es pasión, no amor.
—A veces, la pasión es exactamente donde comienza el amor.
El timbre sonó a las ocho en punto.
Martina se quedó paralizada. Había pasado las últimas dos horas diciéndose que no iría. Que ignoraría el timbre. Que lo haría esperar fuera como la basura que era.
Pero cuando abrió la puerta, toda su determinación se evaporó.
Christian estaba apoyado contra el marco, con un ramo de orquídeas negras —las flores más hermosas y perturbadoras que jamás había visto— y una sonrisa que prometía pecado.
—¿Vas a dejarme entrar o voy a tener que charlar con tu mejor amiga mientras tú te escondes en el baño?
Lucía, desde la sala, gritó:
—¡Entra! Quiero conocer al hombre que la tiene tan nerviosa.
Christian le dio un beso a Martina en la mejilla —formal, considerado, completamente diferente a cómo la había tocado hacía poco— y pasó junto a ella como si fuera bienvenido en su casa.
—Lucía, imagino. —Extendió la mano—. Soy Christian.
—Ya sé quién eres. Todo el mundo sabe quién eres. —Lucía le estrechó la mano con una sonrisa peligrosa—. La pregunta es: ¿qué pretendes con ella?
—Ya lo descubrirás.
La honestidad en su respuesta desarmó cualquier protesta que Lucía tuviera preparada.
Martina tomó el ramo de orquídeas, sus dedos rozaron los de Christian accidentalmente. Fue suficiente para que su pulso se acelerara.
—Voy a cambiarme —anunció, retirándose a su habitación.
El restaurante era uno de esos lugares que hacía que el dinero se sintiera normal. Luces tenues. Mesas privadas. El tipo de sitio donde los magnates venían cuando querían que nadie supiera de qué estaban hablando.
Christian había reservado una mesa en la esquina, lejos de los ojos indiscretos.
—Empiezas a aprender mis preferencias —observó Martina mientras se sentaba, notando que la música era exactamente el tipo que a ella le gustaba.
—Llevo cuatro días estudiándote, cariño. Sé más de ti de lo que crees. —Le ofreció vino—. Sauvignon Blanc. Tu favorito.
—¿Cómo lo sabes?
—Pregunté. Investigué. Compré. —Se encogió de hombros—. Cuando quiero algo, aprendo todo sobre ello.
Martina bebió un sorbo, necesitando algo para calmar sus nervios.
—¿Qué quieres de verdad? Porque esto no puede ser solo sexo. Los hombres como tú no persiguen a mujeres como yo para sexo.
—¿Mujeres como tú? —Christian se inclinó hacia adelante—. ¿Y cómo son exactamente las mujeres como tú?
—Complicadas. Dañadas. Llenas de cicatrices que no se ven pero están ahí, en cada decisión que toman.
Sus ojos grises se suavizaron imperceptiblemente.
—Exacto. Eso es lo que quiero. Alguien que entienda que el control que ejerzo en mis negocios es porque carezco de control en todo lo demás. Alguien que no me juzgue por los demonios que cargo.
Martina sintió cómo algo se movía en su pecho, algo peligroso.
—¿Cuáles son tus demonios, Christian?
Por un momento, él pareció considerar decirle la verdad. Pero luego sonrió, apartando el momento.
—Eso es una conversación para después. Para cuando hayamos tenido más noches como esta.
La cena transcurrió en esa danza que ambos conocían bien: bromas, rozamientos accidentales, miradas que duraban demasiado. Martina se encontró riendo —realmente riendo— por primera vez en años.
Cuando el postre llegó, Christian deslizó una pequeña caja sobre la mesa.
—¿Qué es esto?
—Abrelo.
Martina abrió la caja. Dentro había una llave.
—La llave de mi penthouse. —Su voz era seria ahora—. Para que no tengas excusas. Cuando quieras verme, tienes acceso. Cuando necesites escapar del mundo, tienes un lugar.
Ella lo miró, incapaz de articular palabras.
—¿Esto es una declaración? —preguntó finalmente.
—Es una invitación. A explorar esto sin restricciones ni mentiras.
Martina tomó la llave, sintiéndola pesada en su mano. Pesada como una promesa. Pesada como un riesgo.
—Si hago esto, si te dejo entrar realmente...
—¿Qué?
—Va a dolerme cuando termines conmigo.
Christian se levantó, tomó su mano, y presionó un beso en su palma.
—Hermosa, lo que está sucediendo aquí no va a terminar pronto. —Sus ojos encontraron los de ella—. Va a terminar cuando uno de los dos no pueda respirar sin el otro. Y créeme, ese momento está mucho más cerca de lo que crees.
Afuera, en la calle, Christian la empujó contra la pared de un edificio abandonado. Sin esperar, sin pedir. Solo tomándola como si tuviera derecho, besándola como si ella fuera lo último que quisiera probar antes de morir.
Ella respondió con la misma hambre, con las manos en su cabello, con sus piernas alrededor de su cintura cuando él la levantó. Alguien podría verlos. Alguien podría sacar una foto. Pero en ese momento, a ninguno de los dos se importaba.
—Di que eres mía —susurró Christian contra su cuello.
—Soy tuya.
Las palabras salieron como una condena. Como una bendición.
—Dilo como si lo sintieras de verdad.
—Soy tuya, Christian. Completamente tuya. —Y mientras lo decía, supo que era verdad. Supo que acababa de cruzar una línea de la que no había retorno.
Supo que estaba en problemas profundos.







