Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido del despertador atravesó el silencio como un puñal.
Martina abrió los ojos lentamente, tenía el cuerpo adolorido, la mente nublada. Por un momento —un momento precioso— no recordó nada. Pero entonces vio su nombre marcado en su piel. Mordiscos en el cuello. Arañazos en sus hombros.
Su corazón se aceleró.
Se incorporó bruscamente, la sábana cayó de su cuerpo desnudo. La suite estaba silenciosa. El balcón donde habían... donde él la había...
Respira, Martina.
Levantó el teléfono. Diecinueve llamadas perdidas de Lucía. Veintidós mensajes. Su mejor amiga había escrito en mayúsculas: ¿DÓNDE ESTÁS? ¿ESTÁS BIEN? ¿QUÉ PASÓ CON CHRISTIAN DELGADO?
Martina leyó los mensajes mientras se levantaba, buscando su ropa. No sabía dónde estaba. Esparcida. Destrozada. Literalmente.
Encontró su vestido hecho jirones cerca del balcón.
Maldita sea.
Se envolvió en una bata del hotel y caminó hacia la sala. El penthouse estaba vacío. Silencioso. Una botella de champán a medio terminar descansaba sobre la mesa, dos copas al lado. Ropa de hombre en el piso. Su corbata enredada alrededor de una lámpara.
Un Post-it amarillo estaba pegado en el espejo del baño que decía...
Tenía una junta. No quería dejarte, pero los negocios no esperan.
—C
Nada más. Sin número de teléfono. Sin promesas. Sin "te llamaré".
Por supuesto que no. Ella era la chica que le había pagado para que fuera su acompañante. ¿Qué había esperado?
Martina rasgó el Post-it.
Su apartamento olía a flores muertas y arrepentimiento.
Lucía estaba sentada en el sofá cuando abrió la puerta, literalmente saltando sobre ella.
—¡Diosa! ¿Dónde estabas? Envié a la policía. Llamé a hospitales. Estaba a punto de contratar un helicóptero para rastrearte como si fueras un paquete de A****n.
Martina trató de sonreír, pero sabía que no funcionaba. Lucía era perspicaz. Demasiado perspicaz.
Los ojos de su amiga se entrecerraron cuando notó los moretones en su cuello.
—No.
—Sí.
—¿Con Christian Delgado?
Martina se desplomó en el sofá.
—Él... el acuerdo era solo para la boda. Una noche. Eso era todo.
—Claramente no fue eso. —Lucía se inclinó más cerca, inspeccionando su cuello con la precisión de un forense—. Dios, ese hombre te marcó como territorio. ¿Qué pasó exactamente?
—Nada. Todo. Fue un error.
Lucía levantó una ceja.
—¿Un error que involucró que te quites la ropa? Porque esas marca no surgieron de la nada, cariño.
Martina se cubrió el cuello con la mano.
—Fue un momento de debilidad. En la boda estaba Ethan. Estaba con ella, en el brazo de mi hermana, sonriendo como si nada de esto le importara. Y luego Christian...
Se quedó en silencio.
Lucía esperó.
—¿Christian qué?
—Me miró como si fuera lo más importante del universo. Y por una noche, creí que podía serlo.
—Oh, nena. —Lucía tomó su mano—. ¿Tienes su número?
—Sí, pero no voy a llamarlo.
—¿Por qué no?
—Porque eso sería estúpido. Porque probablemente ya está con otra persona. Porque fui una forma de pasar una noche aburrida para alguien como él.
Lucía entrecerró los ojos.
—Viste algo en sus ojos. Lo sé porque los viste, porque si no, no estarías tan asustada.
Martina no respondió. Pero Lucía tenía razón. Cuando Christian la miró en el penthouse, cuando la besó como si estuviera confesándole algo, cuando murmuró "eres mía"... había visto algo que le daba miedo.
Algo que parecía real.
Su teléfono vibró.
Número desconocido: Te debo un vestido nuevo. —C
Martina parpadeó.
Lucía le arrancó el teléfono de las manos.
—¡Oh, m****a! —gritó—. Él te contactó. El CEO multimillonario te contactó por tu número de...
Se detuvo.
—¿Cómo obtuvo tu número?
Martina se lo había dado anoche en el hotel. Pero no era el punto.
Escribió: No es necesario. Fue un acuerdo que ya terminó.
La respuesta llegó en segundos.
Los acuerdos conmigo nunca terminan tan rápido.
—Ay, Dios. —Lucía se desplomó contra el respaldo—. Está interesado. El hombre que aparece en Forbes está interesado. ¿Qué vas a hacer?
Martina leyó el mensaje una vez más. Luego lo borró.
—Nada. Voy a ignorarlo.
—Eso es la peor idea que he escuchado en mi vida.
—Probablemente.
Pero Martina ya estaba levantándose, dirigiéndose a su habitación para intentar dormir. Aunque sabía que no lo conseguiría. Podía sentir a Christian Delgado bajo su piel, en su cuerpo, en la forma en que su corazón aún latía al ritmo de su toque.
Tres días sin responder.
Christian estaba sentado en su oficina del piso treinta y dos, mirando su teléfono como si fuera un arma. No tenía paciencia. No cuando algo —o alguien— capturaba su atención.
Y Martina Navarro lo había hecho completamente.
Su secretaria entró sin golpear.
—Señor, tiene una llamada de—
—No me importa quien sea. Dile que estoy ocupado.
—Señor, es su madre.
Christian cerró los ojos. Su madre. Perfecto.
—Pásala.
La voz de Rosa Delgado fue lo primero que escuchó: cálida, aguda, peligrosamente maternal.
—Cariño, vi las fotos de la boda. ¿Quién es esa mujer?
—¿Qué mujer, mamá?
—La que estabas devorando en la pista de baile. No te he visto así en años. Ni siquiera con Catalina.
—Fue nada.
—Los hombres que dicen "fue nada" generalmente están mintiendo. Especialmente cuando lo dicen tan rápido. Cuéntale a tu madre.
Christian no tenía energía para ese juego. Miró su teléfono nuevamente, esperando un mensaje que no llegaría.
—Se llama Martina. Y fue una noche.
—¿Una noche que te tiene revisando tu teléfono cada treinta segundos? Cariño, eso no es una noche. Eso es un comienzo.
Colgó después de prometer ir a cenar el domingo. Su madre quería conocer a Martina, por supuesto. Su madre siempre quería cosas imposibles.
Escribió de nuevo: ¿Dónde trabajas?
Martina estaba en su startup de diseño cuando vio el mensaje. Su pequeño equipo estaba reunido alrededor de ella, mostrándole los diseños para la próxima colección, cuando su teléfono vibró.
Ignoró los ocho mensajes anteriores.
Pero este era diferente.
¿Dónde trabajas?
No era una pregunta. Era una amenaza disfrazada.
Levantó la vista hacia su equipo.
—Chicos, tómense un descanso.
Su asistente, Marco, se giró con una sonrisa traviesa.
—¿Es él? ¿El tipo del que no paramos de hablar?
—¿Qué? No. ¿De qué hablan?
—Del CEO que te marcó el cuello como si fueras su propiedad. Creímos que eran rumores, pero viendo esas marcas...
Martina se envolvió con su bufanda.
—No es asunto de ustedes.
—Claro que no. Solo es asunto de todo internet porque apareciste en TMZ besando a Christian Delgado en la boda de tu hermana y luego desapareciste durante horas.
Martina no respondió. Escribió: No voy a decirte.
La respuesta fue casi instantánea: Descubrirlo será divertido. Ahora lo haré de todas formas.
Ella soltó un suspiro que salió como un gemido de frustración.
Una hora después, Christian entró a su oficina.
No llevaba guardaespaldas. No llevaba guardias de seguridad. Solo entró como si fuera su derecho, con el traje más caro que Martina había visto jamás, los ojos grises se clavaron en ella como balas.
—¿Interrumpo? —preguntó, aunque sabía que lo hacía.
Martina se levantó lentamente.
—Tenemos una política de citas previas aquí. Se llama respetar el espacio privado de las personas.
—Encontré tu dirección. Encontré tu número. ¿Crees que una puerta cerrada me detendrá?
—Que tengas dinero no significa que puedas entrar a donde quieras.
—Es verdad. Pero la arrogancia ayuda. —Se acercó, su presencia llenó la habitación—. Nos vimos hace tres días. Tres días, Martina. Y no me has respondido los mensajes.
—El acuerdo terminó.
—Mentira. —Extendió la mano, sus dedos rozaron la bufanda que cubría sus moretones—. Esto no se ve como algo que haya terminado.
Martina retrocedió.
—¿Qué quieres, Christian?
—Verte nuevamente.
—Eso es lujuria, no romance.
Él sonrió, peligroso.
—¿Crees que no lo sé? Pero aquí está la cosa, hermosa. Estoy dispuesto a explorar exactamente qué es, si tú lo estás.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Martina giró hacia la ventana. Podía verlo reflejado en el vidrio. Esperando. Hambriento.
—Ambas. Creo que eres un hombre peligroso, Christian.
—Lo soy.
—Y creo que voy a terminar lastimada si sigo adelante con esto.
—Probablemente.
Su honestidad fue más peligrosa que cualquier mentira.
Ella se giró.
—¿Cómo esperas que confíe en ti si ya me has mentido?
—¿Mentido? —Su expresión se endureció—. Nunca te mentí.
—Me dejaste un Post-it. Un Post-it, Christian. Como si fuera una conquista de una noche en lugar de...
Se detuvo.
—¿De qué? —preguntó suavemente—. ¿Qué soy exactamente para ti?
Martina no tenía respuesta. Así que se acercó a él en su lugar, sus ojos ardieron.
—No lo sé. Y eso me asusta.
Él levantó su mano, colocándola sobre su corazón.
—¿Sientes esto?
Podía. Su corazón latía acelerado, golpeando contra sus costillas.
—Eso es por ti. Ha estado así desde el momento en que entraste al bar. Así que aquí está mi verdad: No sé qué eres para mí tampoco. Pero necesito descubrirlo.
Ella quiso alejarse. Quiso decirle que no. Quiso ser inteligente, ser cuidadosa, proteger su corazón roto desde hace siete años.
En cambio, lo besó.
Fue como encender un fuego. Sus manos se deslizaron por su cuello, sus dedos se enredaron en su cabello. Su lengua invadió su boca con la familiaridad de alguien que ya la conocía, que ya la quería de esa manera sucia y primitiva.
—Dilo —murmuró contra sus labios—. Dime que volvemos a hacer esto.
Martina temblaba. Sus manos estaban en su pecho, en su traje, bajando hacia su cintura.
—Una cita. Una cita real.
—Ahora. Contigo. Aquí.
—Christian...
—Dilo.
Sus dedos se deslizaron bajo su falda. Su boca en su cuello, mordiendo suavemente en los lugares donde sus marcas aún eran visibles.
—Sí —gimió ella—. Sí.
Él cerró la puerta de su oficina con una mano mientras levantaba a Martina con la otra y su espalda la pegaba contra el escritorio. Y esta vez, no hubo bata de hotel. No hubo balcón.
Solo ellos dos, haciendo exactamente lo que ambos sabían que no deberían.
Y cuando todo terminó —cuando ella gritó su nombre y él se desmoronó en su abrazo— Martina comprendió una verdad devastadora:
El peligro tenía nombre, y lo acababa de perdonar.







