El apartamento de Martina estaba sumido en una oscuridad que parecía sofocante. Las luces de la ciudad se filtraban débilmente por las cortinas, creando sombras que bailaban con cada movimiento. Cuando ella abrió la puerta, encontró a Ethan sentado en su sofá con una copa de vino en la mano, como si fuera dueño del lugar.
—Hola, hermosa —dijo, levantándose lentamente—. Has tardado más de lo que esperaba. Supongo que Christian te mantuvo ocupada.
Martina sintió cómo la rabia hervía en sus venas