El olor a antiséptico y café quemado siempre le había provocado náuseas a Martina, pero esa noche se sentía como el aroma de su propia derrota. Las luces fluorescentes del pasillo del hospital parpadeaban con un zumbido eléctrico que le taladraba los oídos, mientras ella observaba sus propias manos, aún manchadas con la sangre seca de Christian.
—Familiares de Christian Delgado —anunció una enfermera de rostro impasible.
Martina se puso de pie de un salto, ignorando el dolor en sus rodillas mag