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Capítulo 5: El precio de la verdad

El silencio en el ascensor privado era sofocante.

Martina miraba fijamente los números que se iluminaban conforme subían hacia el piso treinta y dos. Su corazón latía a un ritmo que la asustaba. Christian estaba a su lado, pero sentía como si estuviera a un kilómetro de distancia. El hombre que la había besado hacía apenas una hora, que había susurrado cosas en su cuello que la hacían arder, ahora era un extraño.

Un extraño que guardaba secretos enterrados en cajas de seguridad.

—No debería haber esperado —murmuró Christian, su voz era frágil como el vidrio roto—. Debería haberlo hecho desde el principio.

—¿Me lo dices ahora para sentirte mejor? —preguntó ella, sin mirarlo—. ¿Para poder decirte a ti mismo que al menos lo intentaste?

Las puertas del ascensor se abrieron con un susurro. La oficina estaba vacía a esa hora de la noche. Las luces de la ciudad se derramaban por los ventanales, creando sombras alargadas sobre los escritorios abandonados.

Christian caminó hacia su despacho. Martina lo seguía, sus pasos resonaban en el silencio. La llave plateada giró en la caja fuerte. El metal se abrió con un sonido suave.

Dentro había documentos. Fotografías. Una carpeta roja que parecía contener toda una vida de mentiras.

—Tu padre descubrió algo —comenzó Christian, su voz era firme pero cuidadosa, como si caminara sobre una delgada capa de hielo—. Algo sobre los fondos que mi padre estaba moviendo. No fue solo fraude, Martina. Fue lavado de dinero. Dinero sucio. Dinero que venía de lugares que no querrías saber.

Ella tomó las fotografías con manos temblorosas. Su padre. Más joven, asustado. En una de las imágenes estaba Christian, siendo apenas un adolescente, de pie junto a su padre. En otra, Ethan. Un Ethan más joven, pero con la misma sonrisa predadora que ella ahora reconocía.

—¿Ethan qué? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—Ethan era el mensajero. El intermediario entre mi padre y los proveedores. Cuando tu padre amenazó con ir a las autoridades, Ethan... —Se detuvo, su mandíbula se apretó—. Ethan resolvió el problema.

—Eso es un asesinato. Estás describiendo un asesinato.

—Lo sé.

Cuatro palabras. Cuatro palabras que lo cambiaban todo.

Martina se dejó caer en la silla de cuero negro. La carpeta roja cayó de sus manos. Dentro había reportes de la policía, fotos de escena del crimen, un certificado de defunción que decía "muerte por suicidio". Mentira. Toda la verdad de su vida era una mentira cuidadosamente construida.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto? —preguntó.

—No lo supe con certeza hasta hace cinco años. Mi madre... ella tiene conexiones. Investigó. Encontró evidencia de que Ethan estaba involucrado. Pero no teníamos pruebas concretas, y él lo sabe. Ha estado cubriendo sus huellas durante más de una década.

—Y aun así lo dejaste vivir. Aun así trabajaste con él.

—Para vigilarlo. —Christian se pasó una mano por el cabello—. Para asegurarme de que no volviera a hacer algo así. Y funcionó, hasta que...

—Hasta que yo aparecí.

Él se giró hacia ella con una intensidad que la atravesó.

—Sí. Cuando te vi en ese bar, cuando escuché tu apellido, todo se conectó de una manera que me aterró. Sabía que si te lo decía, te perdería. Y ya sabía que no podía perderte, Martina. Lo sabía desde hace años, incluso cuando no te conocía. Mi madre me mostró artículos sobre ti. Sobre tu compañía de diseño. Sobre cómo habías reconstruido tu vida a partir de nada.

—¿Tu madre? —La traición fue como una puñalada. Su ex acompañante no era un desconocido. Era una pieza de un juego que había estado en movimiento mucho antes de esa noche en el hotel.

—Mi madre está aquí. En la ciudad. —Christian abrió el maletín sobre su escritorio. Adentro había más documentos, pero también una carta en papel grueso, con caligrafía elegante—. Ella quería verte en persona. Quería pedirte perdón.

Martina tomó la carta. Las palabras se borraban en su visión.

Mi querida Martina, he cometido el error más grave de mi vida al guardar este secreto. Espero que algún día puedas perdonarme, aunque no merezco tu perdón. Tu padre era un hombre bueno, y mi hijo es mejor por haberlo conocido a través de tus historias.

—Esto no es perdón —susurró Martina—. Esto es una disculpa de alguien que no enfrentó las consecuencias.

—Es verdad.

Ella lo miró. Christian estaba de pie en la oscuridad, sus rasgos eran iluminados por el resplandor de la ciudad. Se veía diferente ahora. Vulnerable. Asustado. Como un hombre que acababa de perderlo todo.

Y ella lo amaba. Maldita sea, lo amaba incluso ahora, incluso sabiendo que su primer beso fue construido sobre una mentira, que cada toque había sido orquestado, que su cuerpo gritaba por él a pesar de que su mente le decía que lo odiara.

—¿Qué quiere Ethan? —preguntó, enfocándose en lo que podía controlar.

—Venganza. Cree que si te lo cuenta a ti primero, si te lo enseña de la manera correcta, podrá parecer el héroe. Podrá tomarte de mi lado y usarte como palanca para obligarme a darle lo que quiere.

—¿Y qué es lo que quiere?

—Mi compañía. Mi dinero. Mi libertad. —Christian se acercó a ella lentamente—. Porque Ethan sabe que si esto sale a la luz, ambos vamos a prisión. Él por asesinato. Yo por ser cómplice al guardar silencio.

Martina se levantó, necesitaba distancia, aire, algo que no fuera el olor de Christian nublando su razón.

—No puedo estar aquí.

—Martina...

—No. —Levantó una mano—. No puedes tocarme. No puedes besarme. No puedes hacer que olvide lo que acabas de decirme.

Pero cuando llegó a la puerta, Christian estaba allí. No la tocaba, pero su presencia llenaba el espacio, irresistible.

—Te amo —dijo, y las palabras sonaron como una sentencia—. Sé que no lo merezco. Sé que estoy pidiendo lo imposible. Pero te amo, y voy a pasar el resto de mi vida probándote que eso es verdad.

Ella cerró los ojos. Podía sentir el calor de su cuerpo, podía escuchar su respiración, podía recordar exactamente cómo se sentía estar en sus brazos. Fue a través de su defensa emocional como agua a través del vidrio roto.

—¿Y si no puedo amarte? —preguntó, aunque ya sabía que era una mentira.

—Entonces viviré con eso. —Christian levantó su mano, sus dedos apenas tocaron su mejilla, esperando a que ella lo rechazara. Ella no lo hizo—. Pero no voy a dejarte. No voy a permitir que Ethan te use. No voy a permitir que nadie más que yo sea el que te duela.

Ella se giró. Sus ojos encontraron con los de él, y en esa oscuridad, rodeada de secretos y traiciones, hizo lo único que su cuerpo sabía hacer: lo besó.

Fue un beso diferente a los anteriores. No fue pasión o lujuria. Fue dolor. Fue rabia. Fue el beso de alguien que había sido rota y estaba intentando soldarse de nuevo usando el único pegamento que sabía que funcionaba.

Christian respondió como si fuera aire y ella fuera su único pulmón. Sus manos la presionaron contra la pared, sus labios devoraban los de ella con una hambre que sonaba como un adiós.

—Ethan está en mi apartamento —dijo ella contra su boca—. Va a contarme su versión.

—Lo sé.

—Y voy a escucharlo.

—Lo sé.

—Porque necesito saber toda la verdad, desde todas las perspectivas, antes de decidir si esto es algo que pueda perdonar. —Las palabras salieron entre besos—. Antes de decidir si tú eres algo que pueda perdonar.

Él presionó su frente contra la de ella,con los ojos cerrados.

—Hazlo.

—¿Así sin más?

—Porque al final, no importa lo que diga Ethan. Porque tú ya conoces la parte más importante de la verdad: que te amo. Que te he amado desde antes de conocerte. Y que voy a pasar el resto de mi vida ganándome el derecho de estar en tu vida.

Ella se alejó, necesitaba espacio, aire, tiempo para procesar.

—Voy a tu penthouse a recoger mis cosas.

El dolor en sus ojos fue tan visceral que casi le quiebra el corazón.

—Martina—

—Necesito estar sola. Necesito pensar. Necesito... —se detuvo, incapaz de terminar—. No me llames. No vengas a mi casa. Déjame hacer esto en mis términos.

Él asintió, aunque cada movimiento parecía costarle un fragmento de su alma.

Cuando salió del edificio, las luces de la ciudad parpadeaban como un corazón irregular. Ethan estaba esperándola en su apartamento, sonriendo como si hubiera ganado. Christian estaba en su penthouse, solo, esperando a que ella decidiera si lo destruía o lo salvaba.

Y Martina, en el medio de todo, finalmente comprendió la verdad más importante:

El amor nunca era sobre ser perfecto.

Era sobre elegir quedarse a pesar de las grietas.

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