Mundo ficciónIniciar sesiónLa suite del Hotel Majestic apestaba a lujo y secretos.
Martina Navarro estaba de pie bajo la ducha, dejando que el agua caliente borrara el maquillaje, las mentiras y la rabia de siete años. Sus manos temblaban. No sabía si era por el frío o por lo que acababa de hacer en esa pista de baile, rodeada de cientos de personas, dándole un espectáculo a Ethan que le permitiera entender, de una puñetazo, todo lo que había perdido.
Un beso.
Solo un maldito beso de Christian Delgado y Ethan se había puesto blanco como la muerte.
Se envolvió en la bata de seda blanca del hotel, aún mojada, sintiendo el tejido pegarse a su piel. Salió del baño y se encontró a Christian de pie en el balcón, observando la ciudad de noche. Llevaba solo los pantalones del traje. Su espalda era música: músculos tensos, cicatrices que contaban historias que ella no se atrevería a preguntar, piel bronceada que brillaba bajo la luz de la luna.
—Viniste —dijo él recordando el momento sin voltearse.
Su voz era peligrosa. Sedosa. La voz de un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería.
—Dijiste que subiera después de la boda. —Martina cerró la puerta del balcón detrás de ella, aunque sabía que no le importaría que la viera. A nadie le importaba nada a esas alturas de la noche.
Christian se giró. Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en lugares que la hicieron arder.
—¿Arrepentida?
—No.
La respuesta fue instantánea. Honesta. Y eso lo sorprendió; lo vio en la pequeña contracción de su mandíbula.
—Deberías estar durmiendo. Fue una noche agotadora para una actuación.
—¿Actuación? —Martina cruzó los brazos—. ¿Eso es lo que crees que fue?
Él se acercó. Lentamente. Como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano y le tocó la mejilla mojada.
—Sé exactamente lo que fue. La pregunta es: ¿sabes tú?
El contacto quemaba. Martina retrocedió un paso, pero él avanzó dos. El balcón desapareció. El mundo desapareció. Solo quedaban ellos dos y la electricidad que crepitaba entre sus cuerpos.
—Esto tiene que parar —susurró ella, aunque su cuerpo gritaba lo contrario—. Fuimos un trato. Una noche. Ya terminó.
—¿De verdad? —Christian bajó la mano hasta su cuello, sus dedos rozaron la pulsación acelerada en su garganta—. Porque desde donde estoy parado, parece que acabamos de empezar.
Martina tragó saliva. Estúpida. Había sido estúpida al venir. Había sido más que estúpida al permitir que la besara en esa maldita pista de baile, frente a los ojos de su hermana, frente a toda la ciudad. Pero cuando sus labios la tocaron, cuando su lengua se deslizó sobre la suya, cuando lo sintió duro contra su vientre...
Olvidó por qué estaba enojada. Olvidó por qué había contratado a un acompañante en primer lugar.
Solo lo sintió a él.
—Nos vieron —dijo como si eso importara—. Toda la gente en esa boda vio lo que pasó.
—Lo sé. —Christian deslizó los dedos bajo la bata de seda, abriendo el nudo con una lentitud tortuosa—. Quería que vieran. Quería que ese imbécil viera que eres mía. Aunque sea por una noche.
—No soy de nadie.
Las palabras sonaron débiles incluso para sus propios oídos.
Él sonrió. Era la sonrisa de un hombre que acababa de escuchar exactamente lo que esperaba escuchar.
—¿No? —La bata cayó—. Entonces explícame por qué tu cuerpo dice lo contrario.
Martina no tenía defensa. Estaba desnuda frente a él —completamente expuesta, completamente vulnerable— y la única cosa que la asustaba más que la forma en que la miraba era la forma en que ella lo miraba a él.
Como si lo quisiera.
Como si pudiera perder la cordura por este hombre.
—Es solo sexo —dijo, pero su mano ya estaba en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón bajo los dedos.
—¿Solo sexo? —Christian le tomó la mano y la movió hacia abajo, hacia la tensión evidente en sus pantalones—. Tócame. Dime si es solo sexo.
Martina lo hizo. Su corazón se aceleró cuando sintió su tamaño, su dureza, el calor que irradiaba incluso a través de la tela. Él cerró los ojos.
—Por favor —gruñó—. Dame una razón para no llevarte a esa cama y enterrarme en ti hasta que olvides el nombre de ese tipo.
—Christian...
—Dilo. Dime que me deseas.
—Te deseo. —Las palabras salieron de sus labios como una confesión, como pecado—. Dios me ayude, te deseo.
Eso fue todo lo que necesitó escuchar.
La besó como si quisiera devorarla, con una hambre que la hizo tambalear. Sus manos grandes rodearon su cintura, levantándola del suelo como si no pesara nada. Martina gimió contra sus labios cuando sintió su miembro presionando contra ella, solo el algodón de sus pantalones los separaba.
—Espera —susurró ella—. La cama. Debemos...
—No. Aquí. Ahora.
La empujó contra la pared del balcón, no con crueldad, sino con una urgencia que hablaba de un hombre al límite de su control. Sus labios se movieron por su cuello, mordisqueando, besando, dejando marcas que ella sabía que estaría viendo durante días.
—Van a verte —murmuró ella, aunque no había nadie en la ciudad dormida que los pudiera ver, treinta y tantos pisos arriba.
—Que vean. —Él bajó y sus labios encontraron sus pechos, su lengua trazó un camino que la hizo arquearse contra él—. Quiero que todos sepan que eres mía.
Pero no era verdad. Ella no era de nadie. Y él lo sabía.
Eso lo asustaba.
Martina lo sintió en la forma en que sus manos se volvieron casi posesivas, casi desesperadas. En la forma en que sus labios volvieron a encontrar los de ella para un beso que era menos una demanda y más una súplica.
Se desabrochó los pantalones con un movimiento, sus ojos grises encontraron los de ella.
—¿Estás segura?
Era la pregunta de un hombre bueno disfrazado de malo. Y eso la asustaba a ella más que nada.
—Sí.
Él entró en ella de una sola embestida, profundo, completo. Martina gritó su nombre, sus uñas se clavaron en sus hombros mientras el placer y el dolor se entrelazaban. Por un momento, Christian permaneció inmóvil, su rostro presionó contra su cuello.
—Eres perfecta —murmuró—. Tan perfecta.
Luego comenzó a moverse, cada embestida más profunda que la anterior, cada beso más exigente. No era tierno. Era primitivo, posesivo, urgente. Y Martina lo recibía todo, respondiendo con la misma intensidad, sus cuerpos encontraron un ritmo que parecía tan inevitable como la muerte.
—Más —gimió—. Christian, más.
Él obedeció, sus caderas golpearon las suyas con una potencia que le robaba el aliento. El placer se construía dentro de ella, caliente y ardiente, amenazando con consumirla.
—Mira hacia abajo —susurró él en su oído.
Martina lo hizo, viendo la forma en que desaparecía dentro de ella, viendo sus cuerpos unidos, viendo la prueba de su deseo. Y eso fue suficiente. El placer explotó a través de ella, oleadas de éxtasis que la hizo gritar su nombre como una plegaria.
Christian la siguió segundos después, enterrando su rostro en su cuello mientras su cuerpo se tensaba, derramándose dentro de ella.
Permanecieron allí durante lo que pareció una eternidad, respirando con dificultad, con sus cuerpos pegados. Martina podía sentir su corazón acelerado contra su pecho, podía sentir sus labios en su cuello, su cabello oscuro entre sus dedos.
—No fue un trato —dijo Christian finalmente con la voz ronca contra su piel.
Martina quería decir que sí. Quería recordarse a sí misma por qué había venido. Pero cuando levantó la vista y vio sus ojos grises, llenos de algo que parecía sorprendentemente cercano al amor, supo que estaba en problemas.
Grandes problemas.
—¿Qué fue entonces? —preguntó, aunque temía la respuesta.
Él sonrió, besando su frente.
—El comienzo de todo lo que va a destruirnos.







