Danna se movió apenas, un gesto mínimo, casi imperceptible. Tom levantó la cabeza de inmediato, como si su cuerpo estuviera entrenado para reaccionar al más leve suspiro de ella.
El sol de mediodía entraba por la ventana, bañando la habitación con una luz cálida que contrastaba con el frío que él sentía por dentro. Tenía los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas, los ojos clavados en el rostro pálido de su esposa.
Todo en ella parecía frágil. Más que nunca.
Él tragó saliva, sintiendo de nuevo ese nudo que llevaba horas arrastrando en la garganta. Se inclinó hacia adelante y le acomodó el cabello detrás de la oreja, despacio, temiendo despertarla.
Pero esta vez ella abrió los ojos.
No del todo. Apenas un poco. Un parpadeo lento, pesado, como si sus párpados dolieran también. Tom se enderezó en la silla, tensando los hombros.
—¿Cómo te sientes? —preguntó suavemente.
Danna no respondió de inmediato. Parecía intentar recordar dónde estaba… o por qué estaba allí. Sus labio