La joyería estaba casi vacía. Las luces del salón principal seguían encendidas, bañando las vitrinas con reflejos dorados y rojos, pero el silencio era absoluto. Arriba, en el despacho, John revisaba unos documentos y observaba de vez en cuando la cámara que apuntaba al mostrador de Danna. La veía allí hacía unos minutos, antes de salir al almuerzo con sus compañeras. Todo calculado. Todo bajo control.
O al menos así parecía hasta que escuchó un golpe seco en la puerta trasera del personal. El