Danna llegó a casa de sus padres antes que todos los demás.
El aire era diferente allí; más ligero, más cálido, más familiar.
O al menos debería serlo.
Pero ese día, cada paso que daba llevaba consigo el peso del miedo.
Sus padres vivían en una casa amplia con un pequeño jardín delantero. La puerta estaba abierta y desde el interior se oían risas y voces: la voz profunda de su hermano mayor, Marcelo, y la risa suave de su novia, Rocío, mezclándose con el murmullo amistoso de un par de amigos de la familia que habían llegado temprano.
Danna ajustó el suéter que llevaba puesto, asegurándose de que las mangas cubrieran completamente los moretones en sus brazos.
Había elegido ese suéter aunque hacía calor.
Era la única manera de evitar preguntas.
—¡Hija! —exclamó su madre al verla entrar—. Qué bueno que ya llegaste.
Danna sonrió, aunque la sonrisa apenas le alcanzó para curvar los labios.
—Hola, mamá —murmuró, dejándose abrazar.
Su padre también se acercó y la abrazó con cariño. Él siempr