La primera noche en la cabaña fue un infierno. El silencio, en lugar de dar paz, se sentía como una amenaza. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, escuchaba el pitido de la bomba y el estruendo de la explosión. Sentía una presión horrible en el pecho, que no me dejaba respirar.
En medio de la noche no aguanté más. Salí de la habitación a oscuras, arrastrando los pies hasta la cocina para buscar un vaso de agua y tratar de bajarme el nudo de la garganta.
Al dar la vuelta en el pasillo, me sorp