El cazador seguía de rodillas sobre el piso, temblando descontroladamente mientras cubría su rostro agrietado con las manos.
Vega no apartaba la mirada del hombre. Sus ojos oscuros y fríos lo escaneaban de arriba abajo como un verdugo calculando el peso de su víctima.
—Dímelo otra vez —ordenó Vega como una amenaza que hizo que al sujeto se le cortara la respiración—. Y piénsalo muy bien antes de abrir la boca, porque si detecto una sola mentira en tu tono, no vas a salir caminando de esta prop