El viaje de regreso en la camioneta fue en completo silencio, ninguno tenía fuerzas para romper el hielo. Lo único que se escuchaba en la noche era el motor a todo lo que daba y mis sollozos en el asiento trasero. Tenía la ropa llena de humo, las manos temblándome sin control y la imagen de la explosión grabada en la cabeza.
Vega manejaba con una sola mano en el volante, apretándolo tan fuerte que se le veían las venas del cuello marcadas. De vez en cuando me miraba por el espejo, pero no dec