—¡Pero bueno! ¡Daniela, ven aquí! Tenemos visitas —la voz de Elliot tronó desde la entrada, cargada de una mezcla de sorpresa y esa autoridad natural que nunca lo abandonaba.
Daniela, que se había quedado petrificada en el umbral del dormitorio, reaccionó como si le hubieran dado una descarga eléctrica.
Miró a su alrededor con desesperación. La habitación era un campo de batalla de seda y deseo: los restos de sus shorts de algodón gris yacían en el suelo, convertidos en jirones por la fuerza d