El silencio que reinaba en el ático esa noche era diferente a cualquier otro que hubieran compartido.
Ya no era un silencio cargado de sospechas, ni el vacío gélido de la paranoia de Elliot, ni el peso asfixiante de los secretos de Daniela.
Era una quietud vibrante, el tipo de calma que precede a los grandes cambios de marea.
Habían regresado del juzgado hacía apenas unas horas.
Elliot se había despojado de la chaqueta de su traje de sastre, desabrochando los primeros botones de su camisa bl