El silencio que siguió al cierre de la puerta principal fue denso, casi pegajoso.
Daniela se mantenía envuelta en las sábanas, observando cómo Elliot regresaba del umbral con la bandeja de plata entre las manos.
El aroma a café recién hecho y a panecillos de mantequilla inundó la habitación, una fragancia que en cualquier otra circunstancia habría resultado reconfortante, pero que ahora, tras la nota anónima y la huida de Fabián, se sentía como una trampa orquestada.
—¿Segura que no pediste n