El sonido metálico en la ventana del fregadero dejó a las dos mujeres paralizadas.
Daniela sintió cómo el vello de sus brazos se erizaba, una reacción instintiva ante la sensación de ser observada.
En un ático de esa altura, cualquier ruido exterior que no fuera el viento era motivo de alarma.
—Oh, no, no hay nada raro, Dani. ¿Qué te pasa? —dijo Thea, mirando a Daniela con las cejas levantadas, aunque su voz había perdido parte de su despreocupación habitual.
—Buena pregunta —murmuró Daniela,