Tres años después.
La luz del domingo se filtraba por los inmensos ventanales de la nueva residencia Vance, una propiedad que, a diferencia del ático de cristal y acero de Manhattan, estaba rodeada de robles centenarios y el sonido constante del viento entre las hojas.
El hogar ahora olía a café recién hecho, a libros nuevos y a ese aroma inconfundible y dulce que desprenden los niños pequeños.
Sebastián, o "Seba", como Elliot lo llamaba con una devoción que aún sorprendía a quienes conocían s