El silencio que siguió al ruido en la ventana fue sepulcral, roto únicamente por el sonido de la respiración agitada de Daniela y el clic metálico de la Magnum que Thea sostenía con una destreza aterradora.
La luz de la cocina parecía demasiado brillante, casi cegadora, mientras ambas mujeres mantenían la vista fija en la persiana bajada.
Fuera, en la vasta terraza que rodeaba el ático, el drama se desarrollaba en sombras.
Uno de los guardias de seguridad de la unidad de élite de Elliot, aler