El Palacio de Justicia de Nueva York se alzaba como un titán de piedra y mármol, ajeno a las tormentas emocionales que se desataban en su interior.
Aquella mañana de mayo, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca de Daniela se erizara.
Era el día. El final de un calvario que había amenazado con consumir su cordura y su futuro junto a Elliot.
Sentada en la primera fila de la galería, Daniela entrelazó sus dedos sobre su regazo.
Debajo de la tela de