El amanecer comenzaba a asomar tímidamente entre las nubes, pero la oscuridad aún pesaba sobre el alma de Agatha. El frío de la mañana calaba en sus huesos mientras caminaba por el pasillo vacío del edificio. Los ecos de sus pasos resonaban en las paredes desmoronadas, como si los propios pasillos estuvieran guardando secretos que nadie debía conocer.
Samer había desaparecido durante horas, y el vacío que dejó a su paso parecía intensificarse cada vez más. A pesar de los esfuerzos de Agatha por