La noche envolvía la ciudad en un manto de silencio interrumpido únicamente por el sonido ocasional de los neumáticos sobre el asfalto mojado. Samer estacionó el coche en un callejón apartado. Durante el trayecto, apenas había intercambiado palabras con Agatha, quien mantenía su mirada fija en la ventana, perdida en sus pensamientos. La tensión entre ambos era palpable, una mezcla de incertidumbre y la adrenalina que aún recorría sus venas.
—Este lugar no es seguro por mucho tiempo —murmuró Sam