Samer permaneció en silencio por unos segundos, su expresión imperturbable, pero Agatha pudo ver la leve tensión en sus ojos. Dejó los papeles a un lado y se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos sobre el escritorio.
“¿Qué crees que no te estoy diciendo?” preguntó con voz calmada, pero había un tono de alerta en su pregunta.
Agatha sintió un nudo en el estómago. Sabía que estaba cruzando una línea peligrosa, pero también sabía que no podía seguir viviendo en la oscuridad. Su vida había