—¿Seguro?
Antes de que pudiera responder, recibió otra llamada. —Bueno, niño rico —dijo Jefferson—. Me tengo que ir. Estaba esperando esa llamada. Oye, llámame si quieres que nos veamos.
Se fue antes de que pudiera decir nada más.
Dejé caer el teléfono en la base y apoyé las manos en la mesa.
No es mía.
¿Seguro?
Sí. Estaba seguro. Pero con toda seguridad quería que fuera mía.
Podía sentir su piel bajo mis dedos, contra mi lengua. Era tan suave, como la seda. Y la sensación de hundirme dentro de