—No puedo saber si te duele si no eres sincera. No me digas lo que crees que quiero oír. —Deslizó un dedo por debajo del borde de la corbata, al lado de mis labios, y frunció el ceño. La mordaza se aflojó un poco y me acarició la mejilla—. No soy un sádico. No quiero que sufras. Quiero controlar tu placer.
Maldita sea, eso me excitó aún más.
—Ahora, ¿vas a ser sincera conmigo?
Asentí y esa sonrisa volvió a aparecer.
El teléfono del escritorio sonó de nuevo mientras yo permanecía allí, con la fa