ALEENA
Después de dos semanas, uno pensaría que podría olvidar esa noche.
O al menos guardarla en un estante, como un recuerdo.
Un recuerdo ardiente, sexy, tórrido, de esos que no deberían haber pasado. Suspiré. Pero había pasado, así que necesitaba lidiar con ello.
Sin embargo, no funcionó.
Lo único que me impedía revivirlo una y otra vez era el trabajo, trabajar sin parar.
Por suerte, tenía mucho que hacer.
Dominic me asignaba constantemente más trabajo: limpiar la oficina del ático, luego la