Me reí. —No. Es Cenicienta, tonta.
—Ah, sí. Claro. Estaré atenta a las calabazas y a los zapatos perdidos.
—Cierra esa puerta —dijo una voz fría y refinada—. Hace un frío que pela ahí fuera.
Me giré y me encontré frente a la viva imagen de la aristocracia americana. Si es que existía tal cosa… ¿acaso existía?
Parecía tener poco más de cincuenta años, o quizá casi cuarenta, aunque estaba aprendiendo a reconocer las sutiles señales de una buena cirugía plástica. Probablemente rondaba los sesenta,