La mansión Castillo había dejado de ser una casa. Se había convertido en un plató de televisión distópico.
Volví de mi "paseo" por el jardín —siempre escoltada por dos mercenarios— para encontrar a un equipo de técnicos instalando pequeños orbes negros en las molduras del techo del salón.
Subí corriendo las escaleras. En el pasillo, más cámaras. En mi vestidor, una lente gran angular apuntaba directamente al espejo.
Abrí la puerta del baño.
Allí estaba. Un ojo de cristal negro, resistente al ag