La respiración de Lorenzo se fue calmando poco a poco, pasando del jadeo animal a un ritmo pesado y satisfecho.
Estábamos en la cama de la suite principal, enredados en sábanas húmedas. El olor a sexo y a su colonia impregnaba el aire.
Lorenzo tenía un brazo sobre sus ojos, descansando después de haberme "castigado" y "amado" con la misma intensidad furiosa que le había provocado mi espectáculo en el baño.
Me quedé quieta a su lado, mirando el techo oscuro. Mi cuerpo dolía, pero mi mente estaba