Lorenzo abrió la puerta de la suite principal como quien derriba una barricada.
No la cerró.
El pestillo no hizo clic. La hoja de madera quedó entreabierta, dejando una franja de oscuridad que conectaba nuestro santuario con el pasillo... y con la habitación de Alejandro.
Lorenzo traía el caos pegado a la piel. Olía a brandy añejo y a la humillación pública que Mateo le había servido en bandeja de plata frente a quinientas personas.
Se había quitado la corbata, y los primeros botones de su cami