El reloj digital de la mesita marcaba las 03:14 AM.
Lorenzo dormía a mi lado, respirando con la pesadez de quien cree tener el mundo bajo control. Su brazo cruzaba mi cintura, un cepo de carne y hueso que no descansaba ni en sueños.
Le di un codazo en las costillas. Fuerte.
—Lorenzo.
Él gruñó, moviéndose ligeramente.
—Lorenzo, despierta —insistí, encendiendo la lámpara de lectura. La luz dorada le golpeó la cara.
Abrió un ojo, desorientado, buscando instintivamente la pistola que guardaba en el