Lorenzo colgó el teléfono con la misma indiferencia con la que uno cierra un libro aburrido.
—Está hecho —dijo, guardando el móvil en el bolsillo interior de su esmoquin.
Estábamos en el vestíbulo de la mansión, a punto de salir hacia la Gala de la Cruz Roja. Yo llevaba un vestido de seda roja que parecía sangre arterial, y el corazón se me detuvo en el pecho.
—¿Qué está hecho? —pregunté, aunque el frío en mis entrañas ya me daba la respuesta.
—El problema de la plaga —respondió él, ajustándose