El silencio en la habitación era tan denso que casi podía masticarse.
—¿Ocho semanas? —repitió Lorenzo, su voz oscilando entre la incredulidad y un cálculo frío.
Me llevé la mano al vientre, sintiendo el sudor frío en mi piel. Mi mente seguía contando fechas, buscando una coartada, una mentira que pudiera salvarme la vida si el padre resultaba ser Mateo.
El doctor Albiol frunció el ceño, mirando de nuevo la tira reactiva y el monitor portátil de constantes vitales que había desplegado sobre mi