El silencio en el coche era más pesado que el plomo.
Lorenzo tenía el teléfono en la mano. La pantalla iluminaba su rostro desde abajo, dándole un aspecto espectral, casi demoníaco.
El vídeo se repetía en bucle. Una y otra vez. El sonido de los gemidos amortiguados, el crujir de las sábanas sucias, el brillo inconfundible del diamante negro en mi mano izquierda.
—¿Y bien? —preguntó sin mirarme. Su voz era tan fría que empañaba los cristales blindados.
Tragué saliva, obligando a mi corazón a lat