La recepción de la boda fue una clase magistral de hipocresía.
Quinientos invitados llenaban el gran salón de baile de la mansión Castillo. Los mismos que se habían reído de la ex-esposa loca en la iglesia ahora brindaban con champán Cristal por la "feliz pareja".
—Estás radiante, querida —me dijo la duquesa de Alba, besando el aire a dos centímetros de mi mejilla. Hace cinco años, ella misma le había dicho a Alejandro que yo olía a lejía.
—Gracias, duquesa —respondí con una sonrisa que me dolí