La puerta de la Suite Real del Hotel Ritz se cerró con un portazo que hizo temblar las lámparas de araña.
Me giré como una cobra, con el vestido de novia pesando toneladas sobre mi cuerpo y la rabia hirviendo en mi sangre.
—¡Me has robado! —grité, lanzando mi ramo de rosas blancas contra su pecho—. ¡Me has robado mi maldita empresa!
Lorenzo atrapó el ramo en el aire con una mano, sin inmutarse. Lo dejó caer sobre una mesa Luis XV con desprecio.
—No te he robado nada, Elena. He consolidado activ