Capítulo 12

Despertar en la cama de Lorenzo Castillo era despertar en el centro de una tormenta oscura que acababa de calmarse.

Abrí los ojos. Las sábanas de seda negra estaban revueltas, testigos mudos de la guerra que habíamos librado horas antes. Mi cuerpo dolía.

Me estiré, y el aroma de Lorenzo —sándalo, tabaco y almizcle masculino— me envolvió. Él ya no estaba en la cama.

Me levanté, desnuda, y caminé hacia el vestidor. No iba a ponerme mi vestido de fiesta arrugado de anoche. Necesitaba algo más... declarativo.

Tomé una camisa blanca de su colección. Brioni, algodón egipcio. Al ponérmela, la tela fría rozó mis pezones sensibles.

Me llegaba a medio muslo, cubriendo lo esencial pero dejando mis piernas totalmente expuestas.

Me miré al espejo de cuerpo entero. Parecía pequeña dentro de su ropa. Parecía conquistada.

Pero cuando sonreí, vi la verdad. Llevar su camisa no era una bandera blanca. Era un trofeo de caza.

Salí de la habitación y bajé la inmensa escalera de mármol hacia la cocina. La
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