Despertar en la cama de Lorenzo Castillo era despertar en el centro de una tormenta oscura que acababa de calmarse.
Abrí los ojos. Las sábanas de seda negra estaban revueltas, testigos mudos de la guerra que habíamos librado horas antes. Mi cuerpo dolía.
Me estiré, y el aroma de Lorenzo —sándalo, tabaco y almizcle masculino— me envolvió. Él ya no estaba en la cama.
Me levanté, desnuda, y caminé hacia el vestidor. No iba a ponerme mi vestido de fiesta arrugado de anoche. Necesitaba algo más... d