El archivo de la planta doce era el único lugar de NexTech donde no había cámaras. Alejandro lo sabía. Por eso me acorraló allí.
Estaba revisando expedientes antiguos cuando escuché el clic de la cerradura.
Me giré despacio. Alejandro estaba apoyado contra la puerta, bloqueando la salida. Llevaba el traje desabotonado y esa mirada de perro apaleado que cree que merece un premio.
—¿Qué haces, Alejandro? —pregunté, sin soltar la carpeta que sostenía.
—Sé lo que estás haciendo —dijo, avanzando hacia mí entre las estanterías de metal—. Sé por qué te acostaste con mi padre.
—¿Ah, sí? Ilumíname.
Se detuvo a un paso de mí. Olía a colonia cara y desesperación.
—Es negocios. Solo negocios —afirmó, con una convicción delirante en los ojos—. Lo haces para entrar en la empresa, para estar cerca de mí. Para castigarme por lo de hace cinco años.
Solté una risa corta y fría.
—Tu ego es fascinante. ¿Crees que me meto en la cama de Lorenzo pensando en ti?
—Lo sé —insistió, agarrándome de los hombros.