Las puertas batientes de Urgencias no se abrieron lo suficientemente rápido para Lorenzo Castillo.
Las pateó.
¡BAM!
El sonido metálico resonó en el vestíbulo aséptico, deteniendo el murmullo de enfermeras y pacientes. Lorenzo entró conmigo en brazos, manchado de sangre y sudor, con la mirada de un loco que acaba de escapar del infierno.
—¡Un médico! —rugió, y su voz no pidió ayuda; exigió obediencia—. ¡Quiero al jefe de obstetricia! ¡Ahora!
Una enfermera de triaje se levantó, asustada.
—Señor,