Capítulo 121

El mundo era un borrón de luces rojas y dolor blanco.

Estaba tumbada en el asiento trasero del Mercedes blindado de Lorenzo. El cuero estaba pegajoso por el sudor y el líquido amniótico.

—¡Acelera! —grité, desgarrándome la garganta—. ¡Maldita sea, Lorenzo, acelera!

Lorenzo Castillo conducía como un demonio poseído.

Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que el cuero crujía. No miraba los espejos. No miraba el velocímetro. Solo miraba el asfalto que devorábamos a doscientos kilómetros p
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