El cielo de Madrid se rompió justo encima de la mansión Castillo.
Un trueno hizo vibrar los cristales blindados de la suite principal, pero Lorenzo ni se movió.
Dormía profundamente, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo pesado, drogado por el champán de la gala y su propia arrogancia.
Me incorporé en la cama. El reloj digital marcaba las 03:33 AM.
La hora del diablo. O la hora de la justicia.
Me deslicé fuera de las sábanas de seda negra con la suavidad de una serpiente. Mis pies descalz