El Palacio de Cibeles se había transformado en un fragmento decadente de la Venecia del siglo XVIII.
Terciopelo rojo cubría las columnas, cientos de velas iluminaban la galería de cristal y la orquesta tocaba un vals que sonaba a secretos y conspiraciones.
Quinientos invitados ocultaban sus rostros y sus pecados tras máscaras de porcelana y plumas.
Yo llevaba una máscara de encaje rojo sangre que cubría solo mis ojos, dejando mis labios pintados de carmín expuestos.
Mi vestido, una cascada de s