El zumbido del autobús retumbaba en el pecho de Valeria Cruz mientras avanzaba por una carretera envuelta en sombras hacia el aeropuerto de San Juan. A sus 29 años, la cardióloga que había dominado quirófanos con la precisión de un reloj ahora era una fugitiva, hundida en un asiento trasero, con una capucha cubriendo su cabello castaño y lentes de contacto que apagaban el brillo de sus ojos. Bajo el nombre falso de Elena Vargas, llevaba una mochila ligera: ropa sencilla, un pasaporte falso, y u