El sol de Miami bañaba el comedor del hotel en una luz ámbar, el aroma a pan recién horneado y fruta madura flotando en el aire. Valeria observaba a Sofía y Gabriel, sus risas llenando el espacio mientras Carmen, con una paciencia maternal, los ayudaba a untar mermelada en sus tostadas. Los pequeños, con migajas en las mejillas, se inclinaban hacia ella, sus ojos brillando con una confianza que calentaba el corazón. Clara, sentada al otro lado de la mesa, cortaba manzanas con precisión quirúrgi