La lluvia golpeaba el tejado del apartamento en las afueras de San Juan, un refugio frágil donde el aire cargado de salitre se colaba por las rendijas. Valeria Cruz, hundida en un sillón descolorido, apretaba un cojín contra su pecho, como si pudiera contener el torbellino que la desgarraba. Su cabello castaño, suelto y algo enredado, rozaba sus mejillas pálidas, y sus dedos, finos como hilos de seda, temblaban al sostener un teléfono apagado. A sus 29 años, la cardióloga que una vez comandaba